Ese par de minutos me pareció una eternidad. Acerté a cerrar mis ojos para sentir cómo sus dedos se deslizaron suavemente sobre mis sienes, y pude percatarme del estremecimiento en la base de mi cuello. Sus pulgares detrás de mis orejas, actuaron como dispositivos que hicieron girar mi cuello para ofrecer una mejor posición a sus manos que ya buscaban la base de mi cabeza. Los extremos de sus dedos, se agitaron acompasadamente en círculos infinitos y en recorridos ascendentes y descendentes desde el punto donde nace el cabello en mi frente, hasta rozar la primera vértebra en mi cuello. Yo solo acertaba a mover mi cabeza de un lado a otro, para ofrecer un mejor ángulo al movimiento de sus manos. ¡Como lo disfruté!

Estaba seguro. El placer era inmenso y así se lo hice saber:
– Solo por el placer del masaje en el lavado, iría cada día al salón de belleza a cortarme el cabello.







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